Éramos muchos los que le temíamos a Nacho en la secundaria. Era corpulento, de un rostro enjuto que cuando se encabronaba los ojos le brincaban un poco de la cara dandole aspecto de desquiciado. Todo en él era agresión, ser violento era su característica principal. Sólo permaneció un año en la escuela, pero le bastó ese periodo escolar para que se volvieran legendarias sus agresiones contra sus compañeros de clase.
La más conocida de todas sus embestidas fue cuando cierto ocasión se apareció con un spray de pimienta y lo roció a los ojos del que tenía a lado. Para rematar la escena, y quizá con la intención de hacer más pasadero ese momento -el otro chavo estaba tirado en el suelo con las manos en la cara llorando a gritos a consecuencia del infame disparo- se pasó el spray a manera de desodorante por las axilas. "Pero ni se siente nada", dijo Nacho y los pocos segundo también estaba en el piso sujetándose los brazos y doblándose del ardor.
Afortunadamente entre él y yo existía la pared de un salón de por medio, pero ni eso era suficiente para salvarse de sus provocaciones. Caminaba yo rumbo al taller de dibujo cuando como bala de cañon Nacho me alcanzó, me sujetó de la camisola para azotarme contra la pared de alumino de otro de los talleres y me comenzo a apretar el cuello. "Tú me caes muy mal y un día de estos te voy a madrear", y apenas dijo esto se fue. Desapareció por el mismo portal del sinsentido del que salió. Tal vez por eso mismo no tomé enserio su amenaza, era tan burda su agresividad que todo terminaba siendo un tanto ridículo.
Ayer fui a la boda de una amiga. Aún no llegaba la novia y me dediqué a mirar alrededor del salón. El grupo de animación acababa de llegar y se acomodaba en su área. Y entonces lo reconocí. Ayudaba a cargar cosas y a acomodar los instrumentos. Y no sólo eso durante la fiesta y el bailongo, se encargaba de repartir globos, sombreros graciosos…y de vestirse con una botarga de una mujer obesa que bailaba "sensualmente" tratando de "seducir" al recien esposo de mi amiga. No pensé en justicia poética, ni cursilerias de esa clase. Seguí comiendo de los cacahuates que había en la mesa y descubrí que incluso tipos como Nacho podían encontrar lugar donde desafogar esos innatos ímpetus y hasta recibir un sueldo por eso.